En la fachada sigue el rótulo de siempre o de casi siempre, unas letras corpóreas incrustadas en la madera pintada de rojo en las que se puede leer ‘Tienda de vinos’. Ese sigue siendo su nombre, podríamos decir, oficial. Pero todo el que haya vivido un tiempo en Madrid y conozca mínimamente la zona de Augusto Figueroa, a escasos metros de la Plaza de Chueca, sabe que al local del que estamos hablando se le conoce popurestlarmente como El Comunista. No hay banderas rojas ni retratos de Lenin o de Carrillo en su interior, pero la historia de ese nombre sí que tiene que ver, de refilón, con la política, aunque sus propietarios, ya la cuarta generación que regenta esta emblemática casa de comidas que lleva abierta casi siglo y medio, dejen claro que por aquí pasa y ha pasado gente de todo tipo e ideas, incluido mucho militar del Cuartel General del Ejército de Tierra situado calle abajo.
“Siempre ha venido mucho actor porque había varios teatros por el barrio. Además están el Café Gijón y la Sociedad General de Autores. Y en la calle Libertad había un estudio de música al que venían artistas a grabar, un tablao flamenco cerca, en Pelayo galerías de arte…”, cuenta Ángel de Miguel, 50 años, el miembro de la familia que lleva actualmente las riendas del restaurante. “Aquí se ha visto mucho artisteo, gente bohemia. Y en aquella época -dice en referencia a los últimos años 60 y primeros 70- mucha de esa gente eran o se creía que eran comunistas, ‘rojos’. Así que los propios clientes fueron los que lo empezaron a llamar así”.
La historia de su local se remonta, sin embargo, mucho más atrás. Tanto que Ángel no es capaz de decir cuál es concretamente su fecha de fundación. Siempre han utilizado una aproximada, 1890, para ahorrarse la trabajera de ir al registro a comprobarlo. En esa primera época, cuando abrieron el negocio sus bisabuelos, vendían aguardientes y vinos que se podían tomar allí mismo y también comprar para llevar. “Con su garrafita, porque antes se vendía el vino al granel. Y también licores que se hacían en la propia casa. Además de encurtidos”, relata. Cuando, años más tarde, se hicieron cargo su abuela y su tío abuelo, incorporaron una cocina y empezó a haber más opciones de comida. Por entonces, quienes regentaban el establecimiento, lo que ya podríamos llamar una taberna, vivían también en él, en lo que hoy en día son los servicios y un almacén.
Interior del restaurante conocido como El Comunista, en Chueca. / Alba Vigaray
Antes de ser conocido como El Comunista, al local que ahora mira de frente y sin complejos al estilizado Mercado de San Antón se le solía llamar La taberna del guitarrista. Aquel nombre se lo pusieron también los clientes por culpa de Vicente Gómez, el hermano de la abuela de Ángel y un músico célebre que se curtió en la guitarra clásica y flamenca entre el conservatorio y las mesas de su establecimiento. Estando en Francia a la vuelta de una de sus giras por Europa, que le llevaron incluso a la Rusia soviética, se topó con que había estallado la Guerra Civil y Madrid estaba siendo asediada. Decidió no cruzar la frontera, y tampoco lo hizo cuando terminó la contienda y ocupó el poder una dictadura franquista con la que no comulgaba. Instalado en EEUU, se convirtió en un compositor reconocido, figura relevante en el Hollywood de la época que trabajó con personalidades como Rita Hayworth, Frank Sinatra o Douglas Fairbanks y llegó a regentar un emblemático club nocturno en Nueva York y una escuela de cultura española en Los Ángeles.
Un barrio con diferentes vidas
El tío Vicente ya nunca volvió al negocio familiar, pero en la Taberna del guitarrista empezó a trabajar un chaval que se acabaría casando con la hija de los dueños: los padres de Ángel serán la tercera generación en hacerse cargo de ella. Ellos ya no vivieron en el local como habían hecho sus padres y abuelos, sino en un piso de la calle Libertad, a la vuelta de la esquina. Ahí se criaron Ángel y sus hermanos, en esa Chueca de los 80 marcada por la droga. Una época problemática, pero que ellos vivieron, dice, con cierta normalidad. “Aquí no es que viniera gente que no conocías, es que la droga estaba instalada en gente del barrio. Hijos de vecinos que se habían enganchado y eran toxicómanos. Los conocías y ellos te conocían, y todo el mundo se respetaba”.
Fueron aquellos los años malos de un barrio que tiene fama de popular pero en el que Ángel defiende que no todo era tan humilde como se ha podido pensar después. Habla, por ejemplo, de los pisos señoriales que siempre han rodeado a su negocio, algunos en el mismo edificio. “Aquí encima hay uno que fue de Manolo Escobar, el famoso piso que luego compró el cantante mexicano Juan Gabriel y que se dijo que iba a heredar La Pantoja”. Detrás de aquella época de degradación que vivió el barrio, él ve una cierta mano negra. “Este era un barrio de pisos muy grandes, locales también enormes, gente mayor. Entonces dices: si lo dejo abandonado, esta gente se pira, se devalúa y entran los inversores. Y es lo que pasó. En las plantas donde había dos pisos, uno a izquierda y otro a derecha, hacían cuatro y cuatro de 50 metros cuadrados. Esas cosas hay que pillarlas a la baja. Y qué casualidad que, cuando entran los inversores, vuelve la policía”.
Fotografías de personalidades que han pasado por el restaurante y de Vicente Gómez con rostros conocidos del espectáculo. / Alba Vigaray
Por las mesas de este local siguen pasando hoy gentes de la farándula, aunque el barrio sea bastante menos bohemio y mucho más pijo de lo que fue en los días en los que sus clientes lo bautizaron con ese nombre por el que todavía se le conoce. Llegan atraídos por su atmósfera casi doméstica, por esos manteles y cortinas de cuadros que parecen una enseña de los restaurantes de antes, y por sus recetas de toda la vida. El director de cine Álex de la Iglesia, que no vive muy lejos, es uno de ellos. Viene a menudo a comerse, cuenta Ángel, dos platos de lentejas y un emperador. Las lentejas ha tratado de replicarlas en casa, pero se queja de que no le salen. ‘Pero es que las hace en olla exprés, y yo le digo, ‘si las haces en 20 minutos, ¿cómo quieres que sepan igual?». Aquí están dos horas al fuego. Pasa parecido con las croquetas: cuando le preguntan cuál es el secreto, Ángel les responde que las hacen a mano y las fríen en sartén. ‘No tenemos freidora’, dice como quien proclama un principio irrenunciable.
Apto para veganos
A sus clientes, cuenta, siempre les recomienda los guisos. ‘Una carne o un pescado a la plancha, si es buen género, no tiene ciencia. Lo puedes comer en tu casa y encima ensucia poco. Cómete aquí cosas que, además de que sabes que las hacemos con cariño, en tu casa te lleva más trabajo y ensucia más’. ¿Algunos ejemplos en su carta de esos platos más laboriosos o que ponen todo más perdido? Las judías blancas con chorizo y oreja (6,50 euros), la sopa de ajo (6 euros), la berenjena o los pimientos rellenos (10 euros ambos), las migas caseras (11 euros), los callos con chorizo (15 euros) o los riñones al jerez (11 euros). También pueden presumir de una oferta que, sin salirse de lo tradicional, es aptísima para vegetarianos: ‘Pisto [7,50 euros], coliflor, acelgas, judías verdes, panaché [todos ellos 7 euros], alcachofas [8 euros]…’ enumera del tirón. ‘Te vas a un vegano y te van a quitar 10 o 12 euros por un plato así. Y encima me dicen los clientes: ‘Es que no están como estos».
Ahora mismo, Tienda de vinos, o más bien El Comunista, es un negocio 100% familiar. El local, durante mucho tiempo alquilado, lo acabaron comprando los padres de Ángel, y ahora mismo trabajan en él cuatro personas: Carmen, su madre, y Cristina, su mujer, están en la cocina. Él se ocupa de la sala, y su hermano David le echa una mano. Ángel tuvo un infarto hace poco, así que está intentando bajar el ritmo. Ya no abren por las noches, por ejemplo, y este verano el local está cerrado durante varias semanas. Es un trabajo duro: tiene una hija y no quiere que se dedique a esto. Él, que lleva trabando aquí desde los 15 años, y su madre siguen por ahora porque les gusta y porque no sabrían hacer otra cosa. ‘Mi padre paró y duró dos años’, dice con una media sonrisa irónica. Pero no descarta dejarlo cuando no pueda más.
Dos fotografías, actual y antigua, de un grupo de amigos que se sigue reuniendo después de décadas en el restaurante. / Alba Vigaray
Hace unos años, el entorno de un conocido futbolista con Mundial en su currículum le ofreció alquilarle el local por 15.000 euros al mes para montar un local de carnes a la brasa. Y no ha sido la única propuesta de ese tipo. Podrían haberle solucionado la vida, pero a todas ha dicho que no y gracias a eso Chueca mantiene otro de esos baluartes de identidad madrileña y de cocina tradicional a precios razonables que estamos reflejando en esta serie veraniega, pequeñas aldeas galas que resisten en un barrio cada vez más escorado hacia el lujo y la internacionalización.
Eso no quiere decir que no aprecien a los turistas o expatriados que abundan por la zona. Pegada a la puerta del local, la carta se puede leer en cuatro idiomas: además de español, inglés, francés e italiano. Ángel defiende que aquí tienen todo tipo de clientela. Desde jóvenes a gente mayor que lleva viniendo toda la vida: muchos traen ahora a sus nietos. Y enseña dos fotos, pegadas, en las que se ve, en una, a un equipo de fútbol estudiantil de los años 60 y, en la de al lado, a un grupo de hombres más que entrados en la jubilación. Son los mismos, y llevan viniendo aquí desde que estaban en la universidad. ‘Antes se reunían todas las semanas. Ahora vienen los últimos miércoles de cada mes’, explica. Son ese arraigo, esa herencia cultural y ese espíritu de comunidad con vivencias compartidas, además de la comida, los elementos que hacen importante a sitios como este. Por eso, que sigan estando ahí, accesibles para todos, es tan importante.
