Irene Escolar: ‘Nos hacemos daño porque el mundo es profundamente hostil y nos sentimos muy solos’

‘Vemos lo que ella ve’, escribe el autor británico Duncan Macmillan al inicio de su obra Personas, lugares y cosas, y esa acotación brevísima contiene un universo entero que inaugura una mujer joven interpretando a Nina en la escena final de La Gaviota de Chèjov, drogada y desubicada, sin poder apenas articular su texto. Cuando su nariz empiece a sangrar, saldrá a escena una sastra que le limpiará la sangre, le cambiarán el vestido de época por un chándal y una sudadera, y el escenario se llenará de técnicos que vaciarán todo el espacio y las luces serán intermitentes y sonará música electrónica y aparecerá más gente y ella, que ya no es Nina sino Emma, bailará como si no hubiera un mañana y se tragará una pastilla que alguien colocará en su lengua y empujará a uno de esos tíos que se ha pegado mucho a su cuerpo y se quedará sola en ese escenario desnudo, con el teléfono pegado a la oreja mientras intenta encenderse un cigarro y hablar a la vez con su madre, a la que pide que recoja todas las drogas que encuentre en su casa y las meta en una caja de plástico transparente. Minutos después le dirá al hombre que la encuentra fumando en la puerta del centro de rehabilitación que se ha metido speed y medio gramo de cocaína y que se ha bebido un Rioja caro y algo de ginebra, y que a eso hay que sumarle el Valium, el Orfidal y las benzodiacepinas que consume para controlar la ansiedad.

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