Parece una historia de ensueño pero está labrada bajo las bombas y la barbarie y sinrazón humanas de todas las guerras. El final, lo que allí pudimos ver, es empero de una belleza superlativa que no enmascara las cicatrices de la historia, y es fruto del tesón de la baronesa Francesca Thyssen-Bornemisza en pos siempre de un mismo propósito: conservar la cultura de tiempos pasados y reinventar su futuro en un mundo mejor. Entre ráfagas de proyectiles, camuflada en un uniforme que el Ejército le facilitó con el escudo de Croacia cosido cabeza abajo (si la capturaban, aquello era la señal inequívoca de que no era una soldado y le evitaría ser torturada), Francesca Thyssen (Lausana, 7 de junio de 1958) dedicó varios años a catalogar, proteger y restaurar el inmenso patrimonio artístico y cultural del que fuera Estado Independiente de Croacia antes del régimen comunista de Tito. Organizó un taller asesorada por los mejores restauradores internacionales en un monasterio franciscano de Dubrovnic y, con su prior, atravesando el mar, conoció en la isla de Lopud lo que hoy es esta residencia museo: un importante pedazo de historia en la más absoluta ruina después de sufrir tres guerras. Firmó un acuerdo de cesión, lo restauró con su magnánimo saber artístico y aquello fue el germen de TBA21, su Colección Thyssen-Bornemisza de Arte Contemporáneo.
¿De dónde surgió su interés por el arte y la historia de los Balcanes?
Durante los años 80 viajé mucho con mi padre a la Unión Soviética y, cuando el bloque del Este colapsó a finales de esa década, nos sentimos muy afectados: nuestra procedencia es húngara y la conexión con esta parte del mundo la llevábamos a flor de piel. De modo que tras estallar la Guerra de los Balcanes me asaltó una necesidad imperiosa de saber qué estaba ocurriendo aquí y cómo algo así podía suceder a las puertas del siglo XXI: ¿es qué nada podía hacerse para parar tanto horror y destrucción?
Y aquí se viene. ¿Con qué preparación contaba para una experiencia tan dura y compleja, y qué esperaba conseguir?
Yo no tenía experiencia ni estudios de política internacional, pero me muevo siempre por un sentimiento de justicia, y estaba literalmente en estado de shock. Me puse de acuerdo con un amigo que conservaba de los tiempos del colegio y que trabajaba como periodista de guerra. Fue en 1991, juntos emprendimos viaje en coche desde Suiza, donde entonces residía. En la frontera contactamos con quien después va a ser mi marido y padre de mis tres hijos (el empresario y político austríaco Carlos de Habsburgo-Lorena), y gracias a él logramos entrar en Zagreb.
Y toda vez allí, ¿en qué consistió su trabajo?
Trabajaba en todas las líneas del frente fotografiando y documentando la destrucción de bibliotecas, museos, monasterios e iglesias donde aún se conservaba una enorme riqueza artística. Todo aquello que no había sido saqueado o destruido, o evacuado hacia lugares como Italia –obras de arte de un valor incalculable que databan principalmente del Renacimiento–, había sido arrumbado en depositarios, protegido por sacos terreros, empapado por la humedad de la intemperie. Nadie sabía qué hacer con ello, los organizadores de una conferencia en Zagreb que se llamó Art at War me invitaron a visitar estos depósitos improvisados.
Francesca Thyssen junto a la obra 'Sin título', del austriaco Heimo Zobernig que se exhibe en 'Encuentros: obras de la Colección TBA21', / Mariscal / EFE
¿Y qué se le ocurrió para salvar semejante patrimonio herido de guerra?
Con la ayuda de algunos sponsors, organicé en el monasterio de San Francisco de Dubrovnic un taller de restauración con el mejor equipamiento imaginable y a cuyo frente estuvieron durante más de un año los mayores expertos mundiales en restauración de pintura: el italiano Stephano Scarpelli, conservador en la Gallería de los Uffizi de Florencia, y el croata Giovanni Mauricci, maestro en paneles de madera, exiliado a Estados Unidos y entonces conservador jefe de la Fundación Getty.
En esas líneas del frente, bajo el fuego cruzado, llegó a instalarse temporalmente en Dubrovnic durante aquellos años de feroz guerra civil. ¿Nunca temió por su vida?
No, no sentía miedo. Uno no puede vivir con miedo. Estás en una misión, como cualquier otro voluntario, arriesgas tu vida por una causa de la que estás convencida. Como tampoco me asustan las carreras de mi hijo Ferdinand (piloto de automovilismo). Además, entonces no había nacido ninguno de mis tres hijos, y hoy tengo hasta un nieto. Después de la guerra fue cuando mi vida dio un giro y fundé TBA21.
¿Cómo llega a encontrar este maravilloso lugar que es hoy Lopud1483 y que hasta entonces debió de ser un rincón remoto?
Sucedió a los dos años de llegar a Croacia. El prior de los padres franciscanos del convento donde teníamos el taller de restauración, Pio Mario, un señor mayor de una elegancia sobresaliente, me trajo hasta aquí desde el puerto de Dubrovnic a bordo de un barquito de pesca. Había labrado con él una buena amistad sobre la mesa del refectorio del convento, donde era asidua invitada (corre 1993, recién vencido el devastador asedio y cerco de la ciudad a manos de las tropas serbias). Después de casi tres horas de navegación, el barco dobla el cabo sur de esta pequeña isla y aproa al monasterio fortaleza. En tiempos pasados, Lopud había sido un riquísimo enclave de armadores de galeones que lograron mantener a raya a los navíos del Imperio Otomano y a los piratas que faenaban en estas aguas, donde el mar Adriático se estrecha en su ruta de la seda hacia Venecia. Ese fue el principio de todo esto. Ahora tengo un barco réplica de aquel, construidos por los carpinteros de ribera, que compré a un pescador local.
¿Qué encontró al franquear la entrada al monasterio junto al prior aquel día de 1993?
La entrada era un varadero de barcos de pesca, toda la techumbre del edificio se había venido abajo y las estancias habían sido vapuleadas y saqueadas, bien por soldados y ustachis, bien por jóvenes locales para celebrar sus raves; la gente venía y se llevaba las piedras como objetos ornamentales, por ejemplo. Es decir: encontré una auténtica ruina con todos sus muros grafiteados. El edificio había estado casi un siglo abandonado, desde comienzos de la Primera Guerra Mundial.
Y guiada por su intuición, supongo, ¿ofrece su compra a la congregación franciscana?
No se trataba de comprar la propiedad a la orden franciscana, que durante toda la historia de Croacia supo preservar la ciencia, el arte y la enseñanza, sino de llegar a un acuerdo que me permitiera restaurar la historia e imaginar su futuro: conservar e innovar, ese es mi lema como activista cultural y patrona de las artes. Llamé entonces al arquitecto Frank Ghery para asesorarme y él (el más aclamado en construcción museística internacional) me da un sabio consejo: ‘Tómate tu tiempo para este proyecto’. Era justo lo que necesitaba oír. Roma no se construyó en un día. Conseguí firmar una cesión por 80 años.
Generar una obra de arte, independientemente de su valor de mercado, supone una exploración, y yo quiero acompañar a los artistas en ese proceso
Tiene usted una larga trayectoria restaurando monumentos, algunos de los cuales figuran en las listas de Patrimonio de la Humanidad en Peligro que elabora la ONU. Pero ¿qué principio siguió para una restauración tan compleja como debió de ser esta?
Un lugar como este, levantado a lo largo de varios siglos, por encima de todo tenía que conservar las capas de historia que lo configuran. Incluso he conservado en mi habitación una pintada realizada por los ustachi, fascistas croatas que apoyaron a Mussolini (‘Il Duce’, se lee pintado en negro sobre la pared). Hay quién me ha preguntado por qué la conservo, pero ¿cómo voy a borrarla, si es parte importantísima de nuestra historia?
Francesca, entiendo que ahora lo alquila temporalmente para hacer posible su mantenimiento en tan óptimas condiciones. ¿Qué tipo de cliente accede a esta maravilla?
Mi idea desde un principio fue devolverle la vida al lugar y que otra gente tenga la experiencia de compartir mi visión del arte y la historia, un compromiso que ha ocupado 25 años de mi vida. Es además una manera de mantener viva la memoria de mi padre y de mi abuelo, que dedicaron su esfuerzo a la restauración de las artes decorativas de las vanguardias históricas. Este diálogo entre siglos de arte es algo que ellos hicieron en el pasado y que yo ahora quiero aplicar al siglo XXI. No son muchos los lugares donde uno puede convivir con una de las mayores colecciones de arte del mundo y sentirse cómodamente como en casa: es el empeño de tres generaciones y su gusto por conservar e innovar. Quienes aquí se alojan, suelen ser familias amantes de la cultura y el arte, de la tranquilidad y exclusividad, el mar y la gastronomía: una inmersión saludable, física y espiritual en esta suerte de museo habitable. (Nota: los Beckham son los más asiduos veraneantes en Lopud1483).
¿Qué guarda en ese bello rincón que llama ‘jardín sagrado’? ¿Es usted una persona espiritual?
Los franciscanos tenían un gran conocimiento sobre las propiedades medicinales de las plantas, las mismas que hoy vuelven a florecer en este herbolario aromático y terapéutico diseñado al modo renacentista por la chamana ártica Asa Andersson. Es un espacio de cura que transmite al instante la energía natural de las plantas y sus aromas. Se estructura a modo de sendero de nueve estaciones, para la meditación y la contemplación, enraizadas en la tradición del Ártico de Andersson. Está recorrido de salvia, romescu, hierbabuena, verbena, basilicum, en torno al círculo de lavanda que florece en el sentido inverso al tiempo. Es el lugar que yo llamo de reconciliación: aquí las parejas se sientan para meditar y reconstruir su amor dañado, el arbusto de ruda absorbe las malas energías y la pasiflora morada que crece enredada en él, les aporta la paz perdida.
¿Y si me habla de la cocina, sería un capítulo aparte?
La ancestral cena que os ofreceré esta noche, cocinada en la lumbre sobre la tierra y bajo la inmensa campana de piedra, es el encuentro de las viejas tradiciones de Croacia con el gusto de tres generaciones de mi familia. En el office contiguo cuelga una lámpara que me regaló el artista danés Olafur Eliasson para conmemorar nuestros 20 años de amistad. Es una buena fusión de los tiempos.
Sí, porque, ¿cuénteme cómo es esa experiencia vivencial que mantiene con sus artistas?
Necesito tener con ellos una vivencia de complicidad durante el tiempo que dura la creación, que puede prolongarse años (cita a Julian Charriére, Joan Jonas, Stephanie Comilang, Ernesto Neto o las españolas Regina de Miguel y Asunción Molinos). Son artistas que nos van a contar una historia de injusticia del ser humano productivista contra la naturaleza. Se trata de mantener una conversación viva durante el tiempo que el artista produce su trabajo. Generar una obra de arte, independientemente de su valor de mercado, supone una exploración, y ahí quiero acompañarles. Mi compromiso siempre ha estado con los derechos humanos: esa ha sido mi orientación. Me han preocupado sobre todo tres asuntos: el apartheid, la opresión y la colonización, y estoy convencida de que la cultura es un enorme aporte para la resiliencia contra estas tres grandes injusticias del mundo. Hace ahora 13 años que mi compromiso derivó también hacia el medioambiente, de ahí la creación de TBA21–Academy.
Francesca, más allá del gusto por la belleza, ¿qué nos aporta el arte y qué en particular su colección y su compromiso?
Vivimos tiempos muy temibles, y el papel que la cultura tiene en la sociedad es precisamente imaginar un mundo mejor. El arte nos comunica esperanza, no podemos perder el sentido de la esperanza. Esta es la esencia del arte mucho más allá de su valor material.
