Nadie sabe cómo empezó. De repente, un día, bajo la atenta mirada de los vecinos, el primer candado apareció. Tenía pintado un 2015 a rotulador negro. A su lado, dos iniciales: A y P. Al principio, pensaron que se trataba de un par de jóvenes entusiasmados por sellar su amor aquí. No le dieron importancia. ¿Quién iba a seguirles en este pequeño rincón de la sierra de Madrid? Pero se corrió la voz. Y, poco a poco, comenzó a llegar gente de los pueblos aledaños. Cada vez más. Moteros, corredores y turistas sobre todo. La tradición que el escritor Federico Moccia popularizó hace 10 años fue atenuándose con el tiempo y hoy, para sorpresa de El Atazar, un pueblito de 107 habitantes, sobrevive en poquísimos lugares. Su embalse no ha dejado nunca de recibir enamorados.
El pueblo de 107 vecinos al que peregrinan parejas para colgar sus candados de amor: ‘No es París, pero viene mucha gente’
