Se llamaron ‘rutas de la libertad’. Tortuosos e interminables caminos y torrentes de alta y tenebrosa montaña por donde los huidos del genocidio nazi penetraban en la península Ibérica en busca del mar; un océano o un mar a donde echarse para sobrevivir. La historia se repite y lo que Judith Colell persigue con su cine, social y también intimista, bonito, es que no olvidemos, porque olvidar significa darle al terror una nueva oportunidad para volver. La historia que cuenta en Frontera es de ayer, pero también de hoy. El abrupto paisaje de los Pirineos era la única opción para no morir, como hoy lo es el océano Atlántico o el avieso Mediterráneo que no deja intuir la tormenta repentina. El genocidio entonces y ahora. Y esa especie de Far West en el que se convierte un pueblecito de montaña, rodeado de bosques y montes enigmáticos, donde lo peor y lo mejor es posible; el enigma de lo desconocido o el terror al delator, y la humanidad de unos pocos. En Pallars, comarca de Sort, Lleida, hay una diminuta cárcel museo que ni los lugareños como ella supieron hasta ahora que rinde tributo a las 80.000 almas que entonces cruzaron aquellas rutas (los que huyen del horror son todos semejantes), ‘creíamos que estaba dedicada a los fugitivos de la Guerra Civil’: el miedo, que no dejó espacio a la memoria. Los mejor parados llegaban a la costa atlántica, otros morían y eran despojados en el camino, la peor suerte les esperaba a los que ingresaban en aquellos muros: una sentencia letal y lenta. Pedanías aisladas pobladas de nuevos falangistas y también, de desertores republicanos en busca de una vida silente y sumisa; estraperlistas, pasadores de fugitivos… Historias no contadas que Colell recoge para revivir la memoria sobre todo en los más jóvenes. Judith Colell (San Cugat del Vallés, 1968) es una abnegada y entusiasta directora de cine y profesora universitaria que además dirige la Academia de Cine Catalán: algo tendrá que ver esta madre en el resurgir del cine y la cultura catalana. Le cuesta admitirlo.












