El frío en La Almudena es helador. Miguel Valero lo conoce de sobra y, claro, previsor, se ha puesto un buen jersey para afrontarlo. Lleva 36 años como enterrador en este cementerio de Madrid, por lo que lo conoce al dedillo. “Ahí está la tumba de Santiago Ramón y Cajal, ¿la ves? Esto es una ciudad a parte, con sus propios barrios. Son 120 hectáreas, qué barbaridad. Segovia cabría aquí dentro”, dice. Entró por primera vez con 18 primaveras y, desde entonces, pese la fuerte carga emocional que conlleva su oficio, jamás ha pensado en dejarlo. Ni siquiera cuando le tocó enfrentar el 11-M o el accidente de Spanair: ‘Estaba buscando trabajo y me dieron esta oportunidad. No había cogido una pala jamás, los compañeros me enseñaron a inhumar y exhumar los cuerpos’. Hoy es uno de los veteranos.







