Quienes fuimos niños antes de las pantallas, de estas pantallas pequeñas e interactivas que ahora monopolizan nuestro tiempo, todavía recordamos de manera casi física el escalofrío que nos recorría la espalda al plantarnos delante del escaparate de una juguetería, los nervios y el insomnio de la noche de Reyes o lo que molaba presumir de nuevo juguete ante los amigos, sobre todo si era el de moda, y luego compartirlo con ellos. Aquellos trozos de metal o de plástico moldeados en forma de muñecas, trenes eléctricos, balones o juegos de química eran la vía más directa a la felicidad en un mundo en el que lo tangible, lo que se podía tocar, todavía importaba: al Barriguitas se le cepillaba el pelo, el coche teledirigido se estrellaba contra mil paredes y, en las tiendas donde los vendían, uno entraba como si lo hiciera en la cueva del tesoro.







