Tiene Carla Simón un don que tal vez heredara de su madre ausente, el de hacer universales las cosas más ínfimas. Se ha embarcado en la memoria, un velero de madera que surca el Atlántico en la ría de Vigo, donde sus padres se amaron el poco tiempo que la vida les dio. Su cuaderno de bitácora son las cartas que su madre escribió desde allí a sus amigas y familia: poesía pura, teñida de sueños de opio y algún despertar abrupto. Es su homenaje a la generación de los 60, silenciada y oculta tras el estigma de la heroína que azotó su juventud y del sida que acaeció como un castigo. Y es sin embargo una historia bonita y llena de luz, la luz blanca de las rías gallegas, donde la cineasta ensaya por vez primera un registro fantástico no realista. Romería es su tercer largometraje, después de haber recibido, entre otros, el Oso de Oro en la Berlinale (Alcarrás), la Biznaga de Oro en Málaga (Verano 1993) y el Nacional de Cinematografía en 2023.
Estamos inmersas en el lado más oscuro de los años 80 (Galicia, puerto de entrada de la muerte con nombre de corcel), y Carla (Barcelona, 1986) escucha lloriquear a la pequeña Mila, apenas dos meses. Se detiene en seco: ‘Estoy oyendo a mi niña llorar y no puedo concentrarme. Voy a pedir a mi chico que me la suba’. Y así ocurre, y entonces sigue hablándome con toda naturalidad y el bebé al pecho: es una imagen que ha repetido ante la prensa internacional en festivales y premios, conciliando alumbramiento de películas y de bebés. No tiene por qué, pero se disculpa: ‘Perdona pero es que si la oigo llorar soy incapaz de responder ni la pregunta más trivial’.
Cuenta que fracasó en su intento de reconstruir la historia de su padre ausente, ¿por qué?
Porque la memoria de quienes lo conocieron es, como siempre ocurre, muy subjetiva y selectiva, y las piezas no encajan. Siempre he intentado entender quién era mi padre y cómo fue la historia de amor con mi madre, pero me cuesta mucho, por un lado, porque el tabú y el estigma del sida hacen que esa memoria se haya diluido, y porque ellos desaparecieron del mapa: nadie sabe con certeza qué hizo mi madre en aquel tiempo y qué hacía mi padre mientras navegaba en su barco. Nunca lo sabré, y si ellos estuvieran vivos tampoco su memoria sería tan fiable: ninguna memoria lo es. En definitiva, he hecho una ficción sobre el ejercicio de la memoria, un relato de cómo la podemos inventar y quedarnos en paz.
El asunto entonces sería: ¿se ha quedado en paz?
Me siento muy liberada después de haber hecho esta película. Como la exploración en torno a su historia no va a terminar nunca, a través de la peli le he quitado peso a esa frustración. Dado que todas las memorias son inexactas, me consuelo con utilizar el poder del cine para resucitar a los muertos y crear esas imágenes que necesitaba tener.
De hecho se pregunta ‘si podemos fabricar nuestros propios recuerdos’. ¿Tiene ya la respuesta?
Sí podemos, pero con matices: creo que he construido una historia lo más próxima posible a la verdad. Ha sido muy importante entender el contexto de su generación sin juzgar ni romantizar, abrazar lo que siento que vivieron. Lo que más me ha servido son las cartas de mi madre a sus amigas y familia, siento como si la estuviera escuchando y constituyen un retrato generacional.
La generación de los 60 había crecido en la represión, y de golpe les llega la libertad y la exploran en todos los sentidos, desde su inocencia, con respecto por ejemplo a las drogas. Fue crucial para llegar a donde estamos
Epístolas que son muy poéticas: ¿es posible que en su madre estuviera el germen literario que usted despliega en su cinematografía?
Puede ser, y lo he pensado muchas veces. Describe de modo muy poético el clima, el paisaje, su forma de vida, su relación con las drogas. Ya las había utilizado para un corto (Llacunes, lagunas en catalán), pero sentía que necesitaba encontrar más imágenes que estuvieran a la altura de sus relatos epistolares.
¿Considera que ha rendido un buen homenaje a la generación que sufrimos el azote de la droga y el castigo del sida?
Esa era mi idea. La época ya se había retratado en cine, pero siento que hemos dejado de hablar de esa generación y que el tabú y el estigma en torno a las muertes de VIH han generado tanto dolor en las familias que la memoria generacional no está bien recogida. Sigue costando hablar de ello. Y yo siento que es también memoria histórica de este país: fue una generación crucial para llegar a donde estamos, porque a ellos les tocó romper con todos los valores de una sociedad católico franquista, y lo hicieron de un modo muy brutal, abrazando la libertad para ponernos al día con el resto de Europa y el mundo occidental. Habían crecido en la represión y de golpe les llega la libertad y la exploran en todos los sentidos, desde su inocencia con respecto por ejemplo a las drogas, ¡qué sabían ellos!
Tarde supimos que mataba, como quien se tira a la piscina de cabeza sin saber qué calado tiene…
Exacto, inocencia e ignorancia. Y nadie hizo nada para parar la entrada de una droga tan bestia y barata.
¿Y por qué cree que fue así?
Yo entiendo que mientras estaban drogados no se metían en política. Creo que esta teoría tiene mucho sentido en un momento de transformación tan drástica. Miremos el caso del País Vasco…
Es donde más se evidencia: los propios etarras expulsaban de sus filas a los que consumían heroína.
Nadie hizo nada, no. Y así como se ha explorado cómo se introdujo la cocaína, en torno a la heroína hay un vacío total. No ha salido a la luz, yo lo he buscado y no hay nada.
La cineasta Carla Simón, en el Hotel Urso de Madrid. / ALBA VIGARAY
¿Por qué en la película, más que verse, la droga apenas se intuye? Hay una sola escena explícita, ¿por qué tanta elipsis? ¿Usted misma tiene prejuicios con tan escabrosa realidad?
No, no, pero no quise definir a los personajes a través de la heroína, porque creo que por encima de todo eran personas con mundos muy ricos y que aquello fue un elemento más en su exploración de la vida. Yo no he probado muchas drogas, les tengo miedo, pero me he documentado mucho y la heroína se define siempre como un descenso al infierno, profundo y sin salida, desde una perspectiva muy sórdida, oscura y cruel. Y sin embargo mi madre, por ejemplo, salió de la heroína, me alumbró y luego le llegó el sida.
¿El castigo?
Así lo veían entonces los mayores e incluso ellos mismos, pero yo no lo contemplo así, sino como una terrible faena, una putada. No fue un castigo porque no habían hecho nada malo más allá de explorar. Pero sigue existiendo esa idea de la culpabilidad, sí, que hay que empezar a desterrar.
¿Es este otro de los motivos de la película?
Sí, creo que es una película de reparación de esta memoria.
¿Por qué entonces ha echado mano del registro onírico, insisto, algo nuevo en su filmografía?
Porque si bien era importante ver cómo se pinchaban y cómo sufrían el mono, tan duro, también me interesaba contarlo desde la luz: fue una época muy bonita. Me apetecía además romper ese compromiso profundo que tenía con la realidad y el naturalismo, y probar una dimensión más poética y fantástica, lo que encajaba con esa necesidad de volar que yo sentí para entender a mi madre. Me he sentido muy libre haciendo esta película, al final tiene muchos registros y es más lúdica que todo lo que he hecho anteriormente.
Hay que desterrar la idea de culpabilidad en torno al sida: no fue un castigo sino una putada, porque ellos no habían hecho nada malo más allá de explorar la vida
Carla, fuimos los silenciados, nadie quiso ni parece querer saber nada de aquella historia, ¿le costó mucho arrancar la verdad a cachitos? ¿Se ha dado por satisfecha con los testimonios?
No, nunca me doy por satisfecha y tampoco nunca voy a acabar esta búsqueda. Me han faltado testimonios porque muchos de los testigos murieron, y además el dolor tiñe siempre los recuerdos. Sus amigos, los pocos supervivientes, me dieron los relatos más reales.
¿A qué edad comenzó con esta indagación?
Recuperé las cartas de mi madre a los 22 años, antes de irme a estudiar cine a Londres. Intenté escribir su historia antes de mi primer largo, pero no fui capaz, no sabía nada. Así que escribí y rodé Verano 1993, que era esa historia pero desde mi perspectiva.
Dejar tranquilos a los muertos, tal parece ser la consigna de su familia paterna, algo además muy idiosincrático de los gallegos… ¿Qué han dicho ellos de la película?
Entienden mi necesidad de contar y les ha emocionado, están abiertos a revisitar lo acontecido.
El retrato que hace de la familia, tan realista, ¿no les ha parecido incómodo? Tan estirados, tan voluntariamente ciegos…
No me lo han expresado, pero yo les he insistido en que es ficción. La familia que retrato no son exactamente ellos. Además, los abuelos ya no están; tal vez ellos lo hubieran sufrido más.
La cineasta Carla Simón, en el Hotel Urso de Madrid. / ALBA VIGARAY
Carla, ¿se ha parado a pensar por qué la creación ha derivado al registro de la auto ficción de modo tan abrumador?
Siempre ha habido auto ficción, es normal que hablemos de lo que sabemos y hemos vivido, es lo que nos emociona, y amar lo que retratas es crucial para crear. Y en cine, como ha habido tan pocas mujeres, nos han faltado muchos relatos desde nuestro punto de vista. Estamos ante una reparación temática que nunca se había abordado desde la visión femenina, y tal vez esto esté influyendo en una auto ficción que hoy es más de mujer.
¿Nunca ha tendido dudas sobre el interés que su historia personal pueda tener para el público? Es una pregunta bastante racional en la mente de un creador…
Sí, sin duda, pero mis productoras siempre me han dicho que son asuntos que tocan a todo el mundo: la muerte, el duelo, la familia, la época… Ellas estaban mucho más convencidas que yo en Verano 1993, y luego en Alcarrás hubo una voluntad de hablar sobre la familia, no una sola familia, y en Romería abordo toda una generación. Todo lo personal es siempre político, y si lo defines y trabajas, la gente se identifica.
De lo particular a lo universal. Terminada esta suerte de trilogía, ¿proseguirá indagando en sus asuntos biográficos? ¿Qué tiene ahí escrito en esos post its de la pared? Parecen una story board…
Pues son viejos, no he tenido tiempo ni de quitarlos. Voy a hacer un musical flamenco, un palo que me interesa mucho. Entiendo el cine como una oportunidad de explorar terrenos, y esto es lo que me apetece después de abordar tantos temas personales.
Carla, ¿qué es navegar y qué representa el mar en su paisaje personal?
Lo relaciono con mis padres. Mi padre era navegante y su historia de amor con mi madre tiene mucho que ver con el océano Atlántico. Ella no tenía ni idea del mar ni de navegar, pero aprendió de él. Mi abuelo paterno era un marino mercante catalán que se fue a Galicia por trabajo, y ahí nacieron sus hijos, pero ellos mantenían un vínculo con Cataluña y es aquí donde se conocen mis padres, aunque luego eligieron Vigo porque allí entonces pasaban cosas. Y fíjate que yo, que soy del rural tierra adentro, me crié en La Garrotxa (Girona), ahora vivo en el Masnou (costa de Barcelona) en una casa con vistas al mar.












