Reina una agitación calmada este lunes a mediodía en las inmediaciones del centro de Primera Acogida de Hortaleza. La policía blinda la calle principal que da acceso al recinto, la prensa pulula alrededor y los chavales juegan al fútbol en el patio interior, aparentemente ajenos al ruido exterior. Los responsables del centro nos les dejan salir para evitar su exposición después de que en las últimas 72 horas se hayan visto sacudidos por la detención de uno de los residentes, acusado de violar a otra menor de 14 años, y un asalto por parte varios encapuchados que agredieron a dos menores que nada tenían que ver.
Dos hechos que sintetizan la tensión que se respira en el barrio, donde convergen dos realidades complejas: el hartazgo vecinal ante los problemas de convivencia que se producen y la situación límite de estos menores, hacinados en un centro sobresaturado y en el ojo del huracán de discursos de odio cada vez más acerados. La agresión sexual de este fin de semana, presuntamente perpetrada por un migrante de 17 años que forzó contra su voluntad a la chica entre los arbustos del parque Isabel Clara Eugenia, a pocos metros del complejo, ha echado yesca en un incendio latente que se reactiva a cada poco.
‘Hay movidas continuamente’, resumen Jorge (34) y Esther (31), una pareja que pasea con su hija de pocos meses y su perro por el parque contiguo al centro, donde se produjo la violación. No se habían enterado todavía de lo sucedido en los últimos días, pero hablan de un historial de peleas, robos y conflictos con los vecinos. Él asegura haber tenido ya varios enfrentamientos cuando vuelve del trabajo de madrugada y le piden dinero o un cigarro. ‘Si les dices que no, intentan amedrentarte’, cuenta Jorge, que asegura haberles tenido que amenazar para que le dejen en paz. ‘Yo por la noche aquí sola, o con la niña, no vengo’, afirma Esther, ‘ni se me ocurriría’.
Cuando de vez en cuando llaman a la policía, ‘te dicen que no pueden hacer nada’, lamentan. ‘Hasta se saben los nombres de cada uno de los chicos’, añade Esther, ‘pero no les pueden hacer nada’. Ambos creen conocer de vista a la víctima. Según cuentan, durante todo el verano han visto a dos chicas, ‘que se ve que son españolas por el acento’, pasar el rato en el parque junto con los chavales del centro. ‘Vienen aquí con ellos, se emborrachan, fuman…’, relata Esther, que afirma haber sido testigo en una ocasión de cómo una de ellas, pareja de otro menor, era empujada y zarandeada por él durante una discusión a gritos.
Otras vecinas que se juntan para pasear a sus perros por el parque corroboran estos testimonios. ‘La semana pasada le robaron el bolso a una señora mayor’, reprocha Olga (53), que lleva 40 años viviendo en el barrio y recuerda ‘líos’ desde la apertura de las instalaciones, con ‘robos, atracos y tirones’ convertidos en parte del panorama habitual. ‘Están todo el día en la calle, fuman porros en el parque, tiran botellas…’, añade otra vecina, de 25 años, que prefiere no decir su nombre. Sostiene, con el asentimiento general de los concurrentes, que si bien el asalto del domingo por la noche ‘no es una solución’, la falta de medidas por parte del Gobierno y las autoridades aboca a que la gente acabe buscando ‘soluciones por su cuenta’.
Distinta es la perspectiva de dos chicas jóvenes que, indiferentes a la presencia mediática y policial, se acercan a buscar a los menores del centro a través de la puerta de acceso lateral. Paula (19) y Carlota (17), ambas del barrio de toda la vida, se enteraron de lo ocurrido hace tres días a través de los propios chicos. Desconocen quién es el supuesto autor de la violación, pero aseguran que el resto de residentes ‘no se lo esperaban del chico’, que era su amigo, y ‘se quedaron un poco flipando’ cuando salió a la luz. ‘Nadie se esperaba lo que pasó’, apuntan las dos jóvenes, incluidas ellas mismas. ‘Conocíamos a los de aquí y no sabíamos que ninguno era capaz de hacer eso’, recalcan, pues ‘nunca habíamos visto nada raro’.
Discursos de odio
Pese a no ser unánime, el descontento acumulado en el vecindario supone terreno abonado para la proliferación de discursos de odio, como atestigua la agresión sufrida por dos menores inocentes, uno de los cuales tuvo que ser trasladado al hospital. ‘Le dejaron varias marcas’, afirma enfadado un educador social del centro de Hortaleza, que también prefiere mantenerse en el anonimato, mientras intenta evitar que los chicos salgan del recinto.
Su indignación por el asalto se extiende a la respuesta de los medios, a los que responsabiliza de buscar ‘carnaza’ y difundir informaciones sesgadas, y a algunos dirigentes, a quienes culpa de extender estos mensajes por interés y rédito político. En su opinión, ya bastante difícil resulta trabajar con estos chavales hacinados en un centro sobresaturado – y que lo estará más tras el nuevo decreto reparto-, y con tesituras vitales muy complejas, sin que las mentiras y los discursos de odio lo embarren todo más y pongan en la diana a estos menores.
El delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, quien informó este lunes por la mañana en rueda de prensa del asalto, ha reclamado investigar las circunstancias de la violación – incluyendo por qué estaba el acusado fuera de las instalaciones durante la noche- y a dejar de instrumentalizar los casos de violencia de género para sacar ‘rédito político’. Antes de estas declaraciones, el domingo la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, publicó un mensaje en X acusando a Pedro Sánchez de ‘multiplicar’ la llegada de jóvenes migrantes cada vez ‘más agresivos’ y ‘en peores condiciones’.
Desde la capital, el recién reincorporado alcalde, José Luis Martínez-Almeida, ha lanzado una advertencia sobre las ‘consecuencias’ de la ‘radicalización’ de los discursos de uno y otro signo ‘Aquellos que abonan la radicalización […] tienen que ser conscientes de que se pueden derivar consecuencias tan lamentables como las que se han producido en ese centro de menores’, declaró este lunes ante los micrófonos.







