El Dúo Cassadó llegaba a Madrid, como decía a este periódico hace solo unos días su pianista Marta Moll, “con la misma ilusión y emoción que en nuestro primer concierto”. Eso, la emoción, es lo único que podemos aventurar que quede intacto de aquella primera cita, porque los años que lleva de trayectoria la formación con base en San Sebastián, ya algo más de una década, han aquilatado un proyecto que ahora demuestra en directo una solidez y una compenetración que solo se consiguen con unos cuantos grados de experiencia a sus espaldas, además de con una abrumadora capacidad de comunicación entre sus miembros.
Su recital de este martes en la Sala Negra de los Teatros del Canal, a la que venían a interpretar algunas de las piezas que componen su último disco Hypnotik, con algunas pequeñas variaciones respecto a ese repertorio, tuvo algo de ese adjetivo, de hipnótico. Sobre todo cuando sobre el escenario se desplegaron los dos instrumentos y sonaron algunas de las piezas más contemporáneas, que son también las que más trabajan el componente atmosférico, ese que permite al espectador introducirse en un universo que va más allá de la pura música y sus notas.
Pero empecemos por el principio. Al escenario salió solo, en un primer momento, Damian Martínez con su violonchelo. Tan solo que ni siquiera llevaba partituras, aunque cuando estas aparecieron en escena más tarde tampoco fueron demasiado consultadas. Arrancó Martínez con los seis movimientos de la tercera Suite para violonchelo solo de Bach, menos conocida que la primera (que es la que figura en el álbum) pero al fin y al cabo una de las obras magnas, además de pionera, entre las compuestas para este instrumento como protagonista.
El Dúo Cassadó, durante el concierto celebrado en la Sala Negra de Canal. / ALBA VIGARAY
El dúo presentaba este concierto y el disco que está en su origen como un viaje en torno a la música minimal desde el Barroco hasta nuestros días, y esta obra, con sus repeticiones constantes a pesar de la filigrana, encajaba a la perfección con esa idea, con momentos más alegres como ese de danza que representa su Allemande y otros de mayor peso y austeridad como el de la Sarabande. Martínez marcó desde el principio un tempo rápido pero siempre bajo control, con más brillo en los agudos que en los graves, pero capaz de plantar cara con éxito en todo momento a una pieza de este calibre.
Un siglo XX espiritual y minimalista
Terminada la sección inicial, salió a escena Marta Moll y con ella el siglo XX musical, porque de ahí en adelante el recital no se movería de ese periodo. El Adagio para chelo y piano del húngaro Zoltan Kodály empezaba con un protagonismo total del chelo y con el piano en un plano secundario, del que después escaparía en algunos momentos, permitiendo que luciese la digitación perfecta de la pianista y mostrando lo engrasado de un dúo que sabe en qué idioma hablarse. El viaje a Centroeuropa continuaba enseguida con las tres canciones que componen From Jewish Life de Ernest Bloch, una obra con un profundo componente espiritual que arranca más meditativa y acaba mirando a Oriente, con el chelo adquiriendo de nuevo todo el protagonismo.
Quedaban para el final las tres piezas más conocidas del concierto, las de dos grandes entre los grandes de la música contemporánea como son Philip Glass y Arvo Pärt. Aunque quizá su Segunda Metamorfosis, la pieza elegida e inspirada por Kafka, no sea una de las obras más conocidas de Glass, a estas alturas buena parte de la obra del compositor neoyorquino alcanza las dimensiones de hit. El Dúo Cassadó lo aborda como si fuera material doméstico, su pan nuestro de cada día, con una precisión absoluta y sabiendo dibujar el paisaje adecuado. El piano combina la sutileza y la firmeza que exige la partitura, y el chelo se mueve en ese espacio resbaladizo de la repetición rugosa con un dramatismo que hace que se rompan algunas de las cerdas del arco.
Damian Martínez y Marta Moll saludan al terminar una de las piezas. / ALBA VIGARAY
Las dos piezas de Pärt sí que son a estas alturas casi dos himnos pop, sin que esto signifique desmerecerlas en absoluto. Spiegel im spiegel, esa creación tintinabular en la que dialogan la voz melódica del chelo con la tintineante del piano, es un puzzle que los miembros del Cassadó completan a la perfección. El pulso de metrónomo de Moll deja que las cuerdas de Martínez hagan con libertad todo el viaje que se les requiere. Un éxito que repetirán después con Fratres, pieza menos amable y menos melódica donde son ahora ambos instrumentos los que se mueven con libertad, sin dejar de emocionar a pesar del tono más opresivo.
Fueron, con la de Glass, las obras más aplaudidas por un público del que salieron también varios ‘bravos’, animando al dúo a entregar una propina que aprovecharon para homenajear a Maurice Ravel en su 150 aniversario. Interpretaron su Kaddish, una canción litúrgica hebrea que también han incluido en el disco. Era un buen final para un recital que invitaba a mirar, sobre todo, hacia dentro. Un viaje místico e introspectivo del que parecía que sería difícil salir, aunque al encontrar la luz tras cruzar la puerta de la sala todo volviese a estar en el prosaico lugar que estaba.













